Ternura, fugacidad, ardor, seducción. Pobre imbécil navegando en mí. Otras veces ingenuidad, hostilidad, rudeza. Pobre manipulador de fábricas arruinadas. Las noches me asustan, me revelan tantos secretos que quisiera parar de escucharlos, me decoran el pensamiento, lo manejan para llevarlo lejos de mi cuerpo, me separan de él y eso me produce una angustia que no soy capaz de superar en soledad. Las pastillas descansan en mi mesilla junto al las horas en las que no descanso porque el afán de encontrarme me hace estar en vela muchas noches. Siempre las tengo cerca para espantar mis miedos. A veces cuando las tomo, la angustia del recuerdo se desvanece, transformándose en olor de recuerdo que corre por mis entrañas como la sangre por mis venas. Mis pensamientos delirantes. Las ideas hacen marca en las partes más recónditas de mis neuronas. Cuando las busco no aparecen. Otras, cuando no quiero encontrarlas, aparecen de pronto para torturarme. No hay defensa para mi lucha. Los escudos de pastillas no me protegen de mí, es inútil luchar contra uno mismo, es inútil luchar contra tus pensamientos, contra tus sentimientos. Es inútil.
Aún me turban el propósito algunos recuerdos que no he conseguido olvidar. Algunos recuerdos que florecen en mí desde antes, desde ayer, desde ahora, desde mañana, desde siempre. Esas imágenes que quisiera borrar y lo único que hacen es agarrarse con más fuerza entre mi materia. Cuando evoco estos recuerdos, me duele el alma, me sangra la respiración y sin embargo disfruto tanto de ellos como un niño haciendo burbujas en la bañera.
Acabo de mirar hacia

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