
Categoría: Z de Ziota
Soberana Sofía
| 31, oct
Manos (by Ziota)
| 24, jun
Estaba sentada al piano como en tantas ocasiones. Las partituras permanecían en mi cabeza y el atril de la tapa del instrumento permanecía vacío. Repasaba mentalmente los matices aplicados por el autor y sincronizaba mis manos sobre aquella amalgama en blanco y negro. A veces las miraba, parecían tener vida propia pero sin embargo salían de mi cuerpo. Se tapaban hasta sus inicios con mi misma camisa y el ruido de los dedos cayendo sobre el teclado, era el producto de los impulsos de mi cerebro. No eran independientes.
No lo eran.
Aquella tarde me di cuenta de la importancia que tenían para mí.
El salón estaba repleto, se escuchaban algunos carraspeos, el rozar de brazos y la impaciencia de los oídos. La atmósfera estaba cargada de esa ansiedad que te hace dar el paso hacia delante y sentarte, apenas con un saludo, delante de aquel monstruo a domar. Solía tomar un par de tragos de ron para darle algo sensibilidad a los sonidos que tenía que arrancar de aquellas teclas y de esta forma tener el sabor en mi aliento mientras durara
Comencé a jugar con el teclado dejando correr mis zarpas sobre Gnossienne, Satiè es algo sofisticado que deja a la clientela expectante de arpegios más armónicos. Estaba tan desconcentrada mientras ellas tocaban que me dejé caer en un pensamiento forzado: ¿Dónde ir a cenar después de la actuación?. Estas cosas siempre me ponen un poco nerviosa por la gente que te acompaña y los millones de comentarios sobre tu "arte". Realmente me apetecía terminar pronto y largarme a cualquier bar sola para poder disfrutar del lejano tumulto y de los cubitos de hielo chocando contra las paredes de mi copa.
De repente algo me intranquilizó, mi mano izquierda con un gesto sesgado y amenazante se desprendía de mi muñeca. Casi no era capaz de controlar lo que estaba viendo cuando segundos después la derecha se desarticulaba, de la misma forma arrebatadora, fuera de mi cuerpo. Falta de concentración, pensé, pero no, existía realmente esa separación. Ellas seguían con su melodía caminando por el teclado mientras yo intentaba acercarme a ellas por si en un roce volvieran a pegarse a mi cuerpo, del que nunca debieron separase.
Trabajo inútil.
La postura era extraña y en algún momento tuve miedo de que alguien del público pudiera darse cuenta de la doble exhibición a la que estaba asistiendo por el mismo precio de entrada. ¿Había bebido demasiado ron? ¿Dormí mal la noche pasada? ¿Cuánto tiempo hace que no tomo drogas? ¿Estaré soñando?. Millones de preguntas absurdas invadían mi cerebro, pero la realidad no era otra que aquellas dos haciéndose las listas conmigo y haciendo su trabajo de siempre pero... ¡Sin jefe!. Estaba empezando a cansarme de su actitud, las bromas tienen un límite.
Arranqué en partituras mucho más complejas para acelerarlas en su empeño, quería cansarlas hasta que se dieran cuenta de que sin mi no eran nada, pero la sensación que recibía era exactamente la contraria, parecían aún más contentas. ¿Se estaban riendo de mí?.
Seguí forzándolas hasta el agotamiento, ahora empezaba a verlas casi resbalar sobre las teclas. Por su puesto como no realizaba ningún esfuerzo, los asistentes se quedaron sin el descanso merecido. Ahí estaba yo, separada de mis manos y encabezando un programa con mi nombre en letras mayúsculas. La cosa se alargaba pero con los estudios de Chopin aprecié que estaban realmente rendidas. Salían hacia atrás buscando con ansiedad de lo que en un principio se retiraron sin pena: Mis muñecas. Así volví a recuperarlas.
El concierto fue un éxito, los aplausos en parte por las manos y en parte por el entumecimiento de los culos pegados a la silla, duró varios minutos.
Una vez fuera, en la sala del edificio un hombre se acercó a mí.
- ¡Felicidades!
Le tendí mi mano derecha y observé como ésta volvía a las andadas. Al mirar la mano de aquel hombre pude ver el espacio entre la muñeca y su mano, volví mis ojos a los suyos y le escuché decir:
- Yo también soy pianista, mientras esbozaba una sonrisa extraña.

El Faro (by Ziota)
| 18, jun
Desde cualquier parte observaba con los días el cambio de colores que el horizonte colocaba para mis ojos. Unas tonalidades pastel o tonos mucho más rojizos o tonos grises o filtros de lágrimas que ante mis cuidados, hacían acrisolar las escamas del matiz para mi. Calma en la tormenta, agitación a la luz poderosa de un sol radiante arropado del azul, como fondo, de unas nubes esponjosas.
Mi universo en continuo movimiento.
Allí, como estructura heroica y desafiante, estaba dominando El Faro.

De edad apenas calculable, imponía su presencia desde lo alto de las rocas, tan aislado del resto como yo; tan perteneciente como yo, tan insolente. Nos conocíamos en exceso y aunque jamás nos deseamos, no éramos ignorantes el uno del otro. Acariciaba su armazón con suaves corrientes, introduciéndome, en ocasiones, hasta dentro de su propio esqueleto jugaba con los sonidos y los ecos de esta forma tan vacía y a la vez tan completa. Apreciaba sus formas rectas, descascarilladas y las agrestes pintadas de su exterior, la magia de sus lentes y espejos en continúa rotación.
Durante el día, apenas vigilante, se limitaba a albergar visitas humanas que constataban su nomológica presencia en aquella parte de la costa. Olvidando tiempos anteriores, cuando los faros eran más necesarios que arcaicas formas desafiantes de pretéritas conquistas marinas, su imperio estaba obsoleto, como el de tantos otros, y revivía tan sólo en los cascarones de los bastimentos hundidos bajo la inmensa tela de las olas.
Cada noche, cuando la tranquilidad tomaba forma a su alrededor, las hadas y duendes hacían de esta entidad una sala de juntas en la que discutían sobre temas poco comprensibles para los mortales: ¿Cómo aclarar el verde de las hojas? ¿Quién formará los hechizos de niebla cada mañana? ¿Cómo sancionar a las hadas enamoradas de delfines? ¿Por qué algunos duendes no dejan dormir al hombre que protegen?. Pero llegado el momento El Faro chirriaba, empezaba casi a retorcerse. Yo comprendía perfectamente que comenzaba a estar harto y me acercaba con fuerza. Hacía volar las diminutas arenas de la playa hasta convertir la noche en una malla dorada con mis aires de empeño. Los reunidos tomaban nota del caso, cerraban el acta de la asamblea y empezaba la gran fiesta de todos los sueños.
¡Hasta los peces corrían para ser engullidos por los allí congregados!
Todo terminaba con la obligación de brisa que marcaba mi código, los vientos también tenemos compromisos que acatar.
La noche anterior El Faro me habló:
- No dejes de hacerme cosquillas, es la única forma de creer que sigo vivo, y diciendo esto apagó su luz, empezaba el día.
Imaginación
| 16, jun
M.C.Escher (1898 - 1972) holandés conocido por sus xilografías, litografías y sus trabajos en madera que tratan sobre teselaciones, figuras imposibles y mundos imaginarios. Eso es, mundos imaginarios en los que, haciendo ejercicios de abstracción, consigo llegar a solucionar necesidades y deseos colocándolos en líneas de inferencia. Mi papel mojado de genio tridimensional, que como una figurilla de barro se resquebraja entre ideas poco materializables. ¡Qué más da! Si al final todo está en el pensamiento.

Absolut M.C. Escher, sin duda.
Movimiento
| 16, jun
Hoy se me hace tarde...

Pastillas (by Ziota)
| 13, jun
Ternura, fugacidad, ardor, seducción. Pobre imbécil navegando en mí. Otras veces ingenuidad, hostilidad, rudeza. Pobre manipulador de fábricas arruinadas. Las noches me asustan, me revelan tantos secretos que quisiera parar de escucharlos, me decoran el pensamiento, lo manejan para llevarlo lejos de mi cuerpo, me separan de él y eso me produce una angustia que no soy capaz de superar en soledad. Las pastillas descansan en mi mesilla junto al las horas en las que no descanso porque el afán de encontrarme me hace estar en vela muchas noches. Siempre las tengo cerca para espantar mis miedos. A veces cuando las tomo, la angustia del recuerdo se desvanece, transformándose en olor de recuerdo que corre por mis entrañas como la sangre por mis venas. Mis pensamientos delirantes. Las ideas hacen marca en las partes más recónditas de mis neuronas. Cuando las busco no aparecen. Otras, cuando no quiero encontrarlas, aparecen de pronto para torturarme. No hay defensa para mi lucha. Los escudos de pastillas no me protegen de mí, es inútil luchar contra uno mismo, es inútil luchar contra tus pensamientos, contra tus sentimientos. Es inútil.
Aún me turban el propósito algunos recuerdos que no he conseguido olvidar. Algunos recuerdos que florecen en mí desde antes, desde ayer, desde ahora, desde mañana, desde siempre. Esas imágenes que quisiera borrar y lo único que hacen es agarrarse con más fuerza entre mi materia. Cuando evoco estos recuerdos, me duele el alma, me sangra la respiración y sin embargo disfruto tanto de ellos como un niño haciendo burbujas en la bañera.
Acabo de mirar hacia
Realidad permanente
| 5, jun
Levantando las alas, subiendo del suelo, cayendo hacia arriba, planeando en las nubes, remontando el silencio, ¡volando de nuevo!

